domingo, 24 de mayo de 2020

Ni quién se entere

Aquella noche el gato también estaba sentado junto a mí en medio de la habitación. Si, igual que en la última vez; sí, colocando nuevamente su par de zafiros de fuego en una actitud de sigilo e intriga. Sí, con la misma calma, igual sin decir nada porque, ¿qué podría decir si no un simple miau? Sin embargo, yo sentía que me juzgaba, sí me juzgaba con sus ojos de cazador; y sospechaba, sí, lo sospechaba, porque desde la primera noche me había visto como un escualo endeble, enfermo, atrapado en esta celda de escombros, mi estanque de lágrimas de tristeza, arropado de la injuria y la desesperación; ¡y él lo sabía! Por eso, ¡por eso me miraba! Otra vez con la misma calma, sólo despidiendo un centello fulminante, dos llamas cautelosas y pacientes. Y yo le decía, sí, igual que la última vez —¿qué esperas? Ven a devorarme —. Pero él, sin siquiera erizar un sólo pelo, sin asomar la cuchilla de sus garras, apenas dejando ver esos colmillos como alfileres en sus fauces, sólo se relamía los bigotes y me miraba. La primera vez yo no lo suponía. Equivocaba sus intenciones con un dejo de solidaridad o consuelo; como un peludo compañero al final del camino. Pero luego adiviné, entre el silencio de sus fauces, el verdadero motivo de su espera, descubriendo la obstinación de un cazador carroñero. Y yo le dije entre lágrimas —¿En qué puedo servirte? ¿Qué necesitas de mí? ¿Qué quieres para dejarme solo en este mi estanque de lágrimas? —Pero el gato no me respondía. No le daba la gana. No emitía ningún gesto, ni se preocupaba en desviar ese mirar penetrante. Y yo, en mi pecera triste, volví a sollozar; sí, otra vez a sollozar, mientras mi mano temblaba; sí como la última vez. Y el gato me miraba y yo me decía “si este gato hoy por fin me mata, si se decide a lanzarse contra mí, ni quien se entere. Ni quien repare en mi cadáver atravesado por sus fauces y devorado hasta los huesos; ni quién llore, ni quién se pregunte ¿por qué a él siendo tan joven?” Porque, al final, no soy algo más que un pobre diablo, y el mundo me quedó vedado en el último momento antes de aquella noche. La noche en que el gato se apareció junto a mí por primera vez en esta habitación, atravesando con su mirar mi anegado valle de lágrimas. A nadie le importaría, ¿ven? Y ese gato lo sabía. Y yo sentía cómo en su vacuo silencio me lo decía: eres mi presa, eres mío, tan mío como esta habitación ¡Pero esta habitación es mía, señores! ¡Este era el único sitio seguro que me quedaba en este mundo! El último peldaño antes del gran salto; mi guarida. Y ahora era interrumpido por este gato y esta indecisión trabada en la tristeza, este silencio sin fondo y la mirada del gato puesta desde muy cerca, con esos ojos de sospecha, tan paciente, clavándose en el traqueteo de mi voluntad, entre los dos dedos sobre la cuerda, esperando, sobrio y sin apuro, el momento de la explosión.


sábado, 9 de mayo de 2020

En el borde

Los labios me sabían a sal. La humedad tenía mi cabello hecho un lío. El Capitán tuvo que darme algo para el mareo. Al principio creí que sería alcohol. Una cuba, como las que te suelen dar tus amigos para alivianarte de cualquier pena. Pero el Capitán dijo que ningún marinero responsable bebe una sola gota de alcohol mientras está en altanmar. Que sería insensato. Me dijo eso y me dio una pastilla y un vaso de agua que por un momento temí que me fuera a saber a sal. Pero era agua pura y cristalina, un poco caliente, eso sí. El calor se volvía cada vez más insoportable conforme pasaban las horas. Yo seguía esperando que alguien gritara “¡Tierra a la vista!” o ver en el horizonte alguna bandera pirata. Algo, cualquier cosa que rompiera con este tedio de nueve horas. Pero sólo estábamos nosotros, el ruido del oleaje, y el sol que iba caminando por el cielo con una lentitud enfermiza. Ni una canción, ni un poema, alguna de esas cosas de romance que todos hablan fuera del mar. Nada, sólo un paseo sin nada que ver, y este mareo de los mil demonios que iba y venía, y esta inmensidad capaz de tragarse a todos los hombres y toda su civilización. Terminé por quedarme dormido.Al despertar el sol empezaba a bajar por el horizonte, más rápido que cuando estaba sobre nuestras cabezas. El Capitán dijo que estábamos a punto de llegar a tierra. Los marineros se veían agotados pero felices, y contemplaban ese rincón infinito del mundo que acabamos de pisar, con un sentimiento como de nostalgia, como si extrañaran estar allá. Me acerqué a ellos, les pregunté qué miraban, y ellos me contestaron con su silencio. Allá, a lo lejos, estaba el sol cayendo al agua, un velero, tan diminuto como un grano de arena, y un poema escribiéndose frente a la mirada de todos, allá en los confines infinitos del mundo.


miércoles, 19 de febrero de 2020

Catarsis de un cuentista anónimo


Giro la taparrosca de una nueva cocacola, el ruido del gas despierta mi apetito, y me levanta el ánimo. Es la tercera botella que destapo esta noche. Me sorprende que mi paladar todavía no se sienta hastiado con tanta azúcar. Debe ser el efecto de la cafeína. Siempre me ha levantado el ánimo. Siempre.
De niño lo eran las historias. Las historias que me inventaba, los cuentos. Me levantan el ánimo. Un montón de historias mal contadas en mis pensamientos infantiles. Historias de las que a veces me acuerdo. Quisiera no acordarme de ellas. Porque me recuerdan mi soledad. La soledad que nació conmigo. Que se quedó para siempre. Mi soledad teñida de varios colores; hoy oscura, hoy es la noche.
Pero ahora las historias son verdades y no salen de mi cabeza. Salen de aquellos que vienen a contarlas. Aquellos cuyos rostros apenas distingo. Mi rostro no lo conocen; ¿para qué?
Creo que el azúcar inhibe la tristeza. La inhibe por más profunda que sea. El azúcar la absorbe, la vuelve calma. Por eso no siento el hastío en mi paladar con esa cocacola. Porque satisface una tristeza hambrienta, una tristeza gorda, obesa, sin escrúpulos, que va creciéndome en las entrañas. ¿Cuánta tristeza hace falta? ¿Cuánta azúcar? ¿Cuántas botellas más?
En la oscuridad tiembla la luz de la vela. Mi mirada se dispara hacia una visión borrosa. Detrás no hay nada. Sólo las historias que van desapareciendo de mi cabeza. Y las nuevas, contadas por mal vivientes, testigos malditos, miserables arrepentidos. Historias que no encuentran otro lugar para vivir, para existir, que ahora viven en mis oídos. Que se alojan en estos muros de moho y ladrillo. Aquí las entierran; junto a las suplicas, junto a mi tristeza, junto al montón de envases de cocacola vacíos. ¿Cuánto tiempo más hace falta? ¿Cuánto tiempo más antes que los muros de este lugar no soporten más y colapsen?

martes, 10 de diciembre de 2019

Ocho años en lunes


Pedí una canción de La M.OD.A. y la pusieron sin chistar. Sin embargo, yo me sentía avergonzado; por la ropa que traía, por mi aliento etílico, por mi amigo tumbado en el asiento de a lado con su vaso a medio servir; pero, sobre todo, creo, me sentía avergonzado por ver en ella una mirada perdida en el tiempo. Por supuesto pensé en preguntarle su nombre, hacerlo sutilmente, con cortesía y sin que me notara la embriaguez en las palabras. El sitio casi me parecía un santuario; bastante elegante, bastante bien cuidado. La gente que entraba allí pedía un buen corte de carne acompañada de un rojo vino. En cambio, nosotros; nosotros habíamos llegado allí por inercia del destino, sólo porque mi amigo, en todo ese vórtice de ebriedad, decidió cerrar el día en el lugar más inusual para nuestras salidas de juerga. Por eso seguía calculando las palabras precisas, como acercármele. Tenía unos ojos hermosos, una sonrisa parca que al mismo tiempo demostraba madurez. De un lado caía una trenza que atenuaba su imagen, haciéndola perfecta, resaltando esos labios rojos y dejando ver unos ojos poblados de unas pestañas cargadas de inocencia. Sin embargo, nunca me imaginé que fuera tan joven.
No le pregunté su edad; pero la intuía luego de hablar con ella. Desde nuestra llegada al restaurante las únicas palabras que yo había dicho eran: un Martini seco, por favor, y: agua mineral con ron y un poco de coca, nomás para que le dé sabor. Pero esta vez tenía que decir algo más, demostrarle mi interés por conocerla y que al mismo tiempo no resultara yo más bien invasivo (lo que se me hace difícil porque, en realidad, no soy bueno para entablar una conversación, menos con una chica, menos si me siento atraído). 

Pedí otra canción. Esta vez era una de Enanitos Verdes. Mi reciente interés romántico y el efecto de la ginebra me estaba poniendo melancólico, como si de pronto estuviera atrapado en una especie de introspección bochornosa, una en donde las palabras cobarde y torpe me resonaban en la cabeza. Fueron muchos rostros los que recordé en ese momento, oportunidades perdidas, el camino completo de mi soledad y mi soltería de los últimos ocho años. Pero tampoco podía permitirme llorar allí como un cachorro: todo se iría al carajo. Opté por pedir otro igual: ron, agua mineral y un chorro de coca. 

En lo que yo me decidía, ella iba y venía por el restaurante, atendiendo al otro cliente que quedaba a unas cuántas mesas de la barra, acomodando los manteles de las otras mesas, atendiendo mis pedidos de canciones que empezaron a ser más un pretexto para tenerla cerca, para ahora sí decidirme y hablarle. En uno de esos vaivenes se me ocurrió por fin preguntarle si todos los días en aquel restaurante eran así tranquilos, o si sólo por ser lunes era así; porque de hecho el restaurante estaba casi vacío, y de entre todas las meseras que había en un principio ya solo quedaba ella. Ella, con una voz que escondía muy bien su timidez, me dijo que era su primer día. También es mi primer día, le dije; y me solté a reír. Vaya lugar para terminar lo que empezó ayer por la tarde: esto último ya no lo dije; no me salió de la boca, me dio pena, porque estábamos en un bar familiar, de buen prestigio en la ciudad y donde nuestra cuenta hacía rato ascendía a los dos mil pesos. Es la primera vez que vengo aquí, me corregí. Me gustó, es probable que vuelva más seguido. Ella se limitó a sonreír, pero después recuerdo preguntarle por qué, además del barman, ella era la única que aún estaba allí; me contestó es que yo salgo hasta las nueve, y luego quiso explicarme su horario, esos detalles sin razón que a veces damos cuando no queremos cerrar en seco una conversación; algo que más bien usamos para no ser maleducado. Pero con eso, saltó otra oportunidad para solventar mi falta de tacto al conocer gente.

Entonces, ¿estudias también? Sentí una oportunidad enorme al saber que ella estudiaba algo. A las personas les gusta hablar sobre aquello a lo que se dedican y a mí me gusta escucharlas. De hecho, soy mejor escuchado que tratando de empezar una conversación. ¿Qué estudias?
Su silencio y su desconcierto me dio la respuesta. ¿Cuántos litros de alcohol tuve qué a ver tenido en la cabeza para no darme cuenta? ¿Cuán mal me pude haber visto de haber sido sutil? Nombró el nombre de una preparatoria de la zona; el corazón se me hizo pequeño. Pero no me malinterpreten; mi desdén no se debió a ningún tabú por la edad o algún crimen cometido de esa índole. En realidad, yo no soy un hombre tan maduro; si esta chica, para el periodo de preparatoria en que me dijo estar era el regular, a lo menos tendría unos diecisiete años; entonces, yo no sería más de ocho años mayor a ella. Sin embargo, como dije, no era aquella cuestión la que me puso mal. En su sonrisa siempre noté un brote de inspiración, sus ojos desprendían una calidez que me hacían sentir dichoso. Su manera de articular las palabras, sus ademanes, su trenza cayendo por un lado de su hombro. Ella y yo no nos llevaríamos más de ocho años, de eso estoy seguro; la situación era que eran exactamente los ocho años que dejé de luchar por el amor, el tiempo que ha pasado desde mi ultima relación, desde la última vez que me permití amar a una mujer. Ocho años cerrándome a oportunidades que al final tuvieron un desenlace aquella noche, donde entonces sí pude verme con el rostro viejo, el corazón amargo, y con una terrible nostalgia por una juventud perdida, escapada entre mis manos tan fugazmente cuando me negué al amor, y no me había dado cuenta hasta ahora.

jueves, 3 de octubre de 2019

De un excronista de viajes y una abeja muerta

Acabo de matar a una abeja. La sentí caminar por mi mano, la arrojé sin siquiera verla, y cuando oí un zumbido sospechoso, acabé por aplastarla con el pie. Tengo un dolor tremendo en la espalda, por lo que me costó mucho trabajo levantarme de mi asiento, ir por una linterna, porque también tengo una vista de los mil demonios, y comprobar que la alimaña a la que acaba de dar muerte era una simple e inocente abeja.
Más miserable no podría sentirme hoy; con este dolor de mil puñaladas en la espalda baja, los ojos cubiertos de un velo que va oscureciéndose más gravemente, y mi reciente delito cometido contra la madre naturaleza.
Coloqué el cadáver de mi efímera compañera en un portaobjetos y lo dejé, como una especie de homenaje, acostado frente a mi librero. No tengo otro rincón más sagrado en mi casa.
Mientras escribo esto siento en mi hogar una extraña fragancia como a polen y miel, como a un té herbal que tomé en alguno de mis viajes sentado con una espalda sana al pie de un fogón. Entonces no puedo dejar de mirar al cadáver, allá acostado, de aquella abeja que mate bajo el impulso más bárbaro. Me carcome la vergüenza (no estamos en tiempos de matar a cualquier animal) pero también me embarga este triste olor a nostalgia que sin querer empieza a levantarme el ánimo.
Así olía nuestra libertad. A té herbal, mezclado con el aire de las montañas, el silencio del atardecer, la risa de los niños expulsando sus últimas energías antes de ir a la cama, y toda la fragancia del campo plagado de árboles y flores, de insectos... de vida.
Desde que caí enfermo, porque es bien correcto llamar a la vejez prematura enfermedad, estuve esperando la visita de los amigos a los que no había visto en mucho tiempo. Los mismos amigos que habían vivido y experimentado conmigo todos esos buenos momentos en las montañas. Pero nunca llegaron y mi casa se fue poblando de este hedor de desahucio, acompañado de telarañas de polvo y soledad que ya han acabado por opacar las paredes.
Las antenas de la abeja van contrayéndose lentamente. Me recuerdan a mi espalda encorvándose más cada mañana. Sus ojos, negros y diminutos, parecen mirarme con sutileza. ¿Cómo hizo una abeja para entrar hasta este lugar? ¿Cómo pudo soportar el frío de esta pieza o el viento gélido de la noche allá afuera? ¿Desde cuándo está aquí? ¿No es mucho el olor a polen y miel para provenir de un sólo cadáver?
Reconozco que ya no soy el cronista de hace unas décadas. Mi mente ya ni siquiera se da la licencia para divagar. Mi mente es un rompecabezas incompleto de piezas sueltas que buscan unirse con el menor de los esfuerzos. Ahora mi lenguaje está deteriorado y mi facilidad para unir y enlazar ideas es más bien horrendo. Aun así, quiero dar el último intento, y escribir, aunque sea con dificultad, mi última travesía: la noche en que asesiné, quizás cobardemente, a la última abeja, por lo menos, de esta casa. Porque si hablamos de posibilidades, y de la situación actual de este mundo, las abejas, como el resto de los insectos han desaparecido casi por completo de la faz de la tierra, encontrar una en casa casi es símbolo de buena suerte. Son tan raras como ver a un joven grande y fuerte, como los que fuimos en nuestro tiempo mis amigos y yo, hoy en día.
Vuelvo a mirar hacia el portaobjetos y creo ver las antenas de la abeja otra vez erguidas, como... ¡moviéndose! De pronto oigo un zumbido y el olor a polen y miel desaparece, y la abeja, me imagino risueña, emprende el vuelvo y sale de mi vista. ¿En qué momento los hombres nos volvimos tan débiles como para no poder matar ni siquiera una pobre abeja?